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desarrollo sostenible en América Latina |
La empresa y su desempeño en la sociedad
Eugenio Marulanda Gómez
Es
grato para mí, desde Confecámaras, correr el telón del V Encuentro
Iberoamericano del Tercer Sector orientando este preámbulo al análisis de lo público
desde la perspectiva empresarial, con una incitación a reflexionar sobre el
estado de la gobernabilidad en Iberoamérica y los factores generadores de su
desestabilización, en su relación con el papel que ha desempeñado y está
llamado a liderar el sector privado de la región.
En Latinoamérica
la gobernabilidad se ha confundido con corrupción, compraventa de votos,
inequidad e impunidad, lo cual ilegitima la posición de los gobiernos frente a
la sociedad civil y la comunidad internacional.
La separación
cada vez mayor entre el Estado y la sociedad civil ha fragmentado sus relaciones
provocando la duplicidad de funciones, el distanciamiento entre los actores
sociales, la exclusión de la población y el aumento de las desigualdades
sociales y económicas. Por tanto, la relación y corresponsabilidad con el
futuro de Iberoamérica es cuestión de todos los sectores sociales.
De otra parte,
los empresarios han dejado lo público en manos de los políticos. Los
empresarios tienen que interesarse por la política, por opciones políticas. No
pueden seguir haciéndose la vista gorda, tienen que hacer política, y de la
buena.
Con la apatía y
la desidia colectiva dejamos que lo público se privatizara, que la política se
volviera una actividad microempresarial electoral, que los presupuestos públicos
se esfumaran casi siempre en manos de gentes corruptas y voraces.
La existencia de
una crisis de las instituciones de representación política lleva
inevitablemente a la falta de gobernabilidad en las democracias representativas
y al reemplazo violento por regímenes autoritarios o por otros en los cuales
las instituciones representativas dejan de asumir el papel político central.
Hay que generar un nuevo liderazgo cultural. Hay que construir una comunidad
nacional entre todos, hay que construir una nueva gobernabilidad que perdure y
se fundamente en la democracia.
Para construir
una nueva gobernabilidad que perdure es necesario, en primer lugar, que los órganos
de decisión (poderes del Estado) y los actores políticos (partidos políticos)
participen directamente en el proceso de decisiones y formulación de políticas
donde la ciudadanía los advierta como sus legítimos representantes.
En segundo
lugar, la gobernabilidad democrática requiere la existencia de canales
institucionales que permitan satisfacer las demandas de participación social.
En tercer lugar,
la gobernabilidad de la democracia depende en gran parte de la eficiencia de las
políticas públicas y la conducción política. Finalmente, la gobernabilidad
democrática supone y se legitima en la aceptación y concreción práctica de
valores morales que le sirven de sustento, tales como la tolerancia y la no
violencia, expresadas en la resolución pacífica de los conflictos, la libertad
de pensamiento, la igualdad y la solidaridad, integrados estos conceptos en una
cultura cívica democrática.
SINTOMAS DE
LA CRISIS DE GOBERNABILIDAD
En nuestro país
el sistema democrático ha perdido legitimidad y ha llegado a ser ingobernable
en parte por los cuestionamientos sobre la representatividad de las personas que
ocupan cargos en los poderes del Estado y las percepciones negativas acerca de
la eficacia de las políticas públicas que han llevado a perder el sentido de
confianza en las instituciones y autoridades.
También se dan
síntomas de desafección ciudadana hacia las instituciones políticas, tales
como el aumento del abstencionismo electoral y la alta proporción de opiniones
negativas acerca de la política y los políticos del país.
A ello hay que
agregar que los partidos políticos enfrentan problemas para adaptarse al nuevo
contexto económico, social y político. Sus dificultades para desarrollar
programas y estrategias que recojan las nuevas demandas sociales y, en algunos
casos, para llegar a acuerdos entre ellos que permitan establecer coaliciones
estables han llevado a que un número creciente de votantes, es decir, ni
militante ni simpatizante de un partido político, se retire de sus filas. Al
mismo tiempo la ‘volatilidad’ electoral, es decir, el cambio de preferencias
del electorado y la ausencia de responsabilidad electoral contribuyen a la
crisis de gobernabilidad.
Una clara
demostración de este aspecto se comprobó en la encuesta adelantada por Confecámaras,
motivada por la preocupación acerca de la responsabilidad política de los
ciudadanos y las causas de la ingobernabilidad.
Tan solo el
12.5% de los colombianos encuestados que se acercaron a las urnas recuerda por
quién votó para la Cámara y el Senado. Otro 6% hizo uso responsable de su
deber ciudadano por medio del voto en blanco. Del otro 81%, 38.9% no votó (es
necesario aclarar que la encuesta se llevó a cabo en las 5 principales ciudades
del país, donde el orden público no afectó el ejercicio electoral), el 7.7%
no recuerda por quién votó para el Senado, el 15.20% no recuerda por quién
votó para la Cámara y casi el 20% no recordó por quién había votado para
estas corporaciones.
Es evidente la
indiferencia electoral, que tiene diversas causas: la crisis institucional, la
falta de formación ciudadana para la democracia y la falta de confianza en el
Estado y en las instituciones.
En este punto se
da un caso particular en Colombia: la Constitución nacional prevé innumerables
canales de participación ciudadana y la existencia de una importante fuerza de
participación (a pesar de repetidos hechos de frustración colectiva sobre los
canales). Sin embargo, la efectividad de los canales y la capacidad del Estado
para atender las movilizaciones ciudadanas es deficiente, lo cual causa una
deformación en la participación social. Así los movimientos políticos
tradicionales han sido hábiles para manipular los mecanismos en bien propio. Un
ejemplo claro es el actual proceso que vive nuestro país: a la propuesta del
gobierno nacional, retomada por algunos sectores, de un referendo constitucional
para abordar la lucha contra la corrupción le han seguido numerosas
manifestaciones políticas y propuestas de referendos participativos.
RESPONSABILIDAD
EMPRESARIAL
Para que la
actual crisis no ponga en peligro a largo plazo la gobernabilidad y la
supervivencia de la democracia y para que la ciudadanía no llegue a restarle
importancia al que gobierne -porque no representan sus valores, aspiraciones e
intereses, o porque son incapaces de satisfacerlos- se hace urgente estimular y
consolidar la participación de todos los actores sociales y, entre ellos, a los
individuos corporativos, o sea, los empresarios.
Entendiendo su
competencia natural los empresarios deben abordar el rescate de lo público en
tres frentes: la promoción de la eficiencia de las políticas públicas, el
fortalecimiento de la participación ciudadana y el rescate de los valores
sociales.
La eficiencia de
las políticas públicas es evaluada por los ciudadanos en general, con relación
a la probidad de sus gobernantes y a su incidencia en lo económico y lo social.
La democracia pierde legitimidad cuando la población percibe que la clase política
antepone los intereses particulares al bien público, o cuando evalúa como
ineficaces las políticas públicas para resolver los problemas que las afectan.
La primera razón
se relaciona directamente con la falta de probidad y la corrupción política.
Hay conciencia de que las denuncias y los casos comprobados de corrupción
constituyen otro factor que afecta la legitimidad de los gobiernos. En la medida
en que llevan al electorado la percepción de una corrupción que afecta a toda
la clase política.
En cuanto a la
corrupción los empresarios tienen un compromiso con el rescate de la ética en
los negocios, responsabilidad que se multiplica para aquellos empresarios en
relaciones comerciales con el Estado y, hay que decirlo, entre las mismas
entidades del sector privado.
Al respecto
Confecámaras, con la Fundación Corona, lidera hoy en día un programa sin
precedentes en Latinoamérica: Probidad. Este programa busca comprometer a los
empresarios que adelantan negocios con el Estado en la construcción de normas
éticas, invitándolos a cooperar con la transparencia y a fomentar los
mecanismos de vigilancia y control por parte de los actores comprometidos.
En el contexto
iberoamericano la eficacia de las políticas se mide con relación a la
disminución de la pobreza y la exclusión social, para ampliar las
oportunidades y satisfacer los problemas concretos que afectan a la población
en condiciones de igualdad y equidad. La causa directa del debilitamiento,
cuando no de la crisis de la representación política y sus consiguientes
dificultades para mantener los conflictos sociales dentro de los márgenes de la
gobernabilidad democrática, es atribuida generalmente a la insatisfacción pública
por el desempeño económico de los gobiernos.
Iberoamérica
está urgida de empresarios que lideren una nueva concepción de riqueza, no
entendida como la acelerada y desmedida acumulación, sino como la producción
de bienes y servicios que sean útiles al desarrollo nacional para que de
él se beneficien los miembros de la empresa y la comunidad en condiciones
justas. Parte fundamental es la incorporación de una visión de largo plazo
sobre las ganancias de las organizaciones empresariales.
En cuanto al
fortalecimiento de la participación desde su realidad los empresarios deben
trabajar por la estabilidad de la fuerza laboral, ofrecer mecanismos internos de
participación en sus empresas, contribuir a la modernización del sindicalismo,
participar en la formación de competencias laborales y ofrecer condiciones
laborales dignas que permitan a los trabajadores esforzarse por su realización
como ciudadanos.
Finalmente,
aquellos valores como la tolerancia, la convivencia, la resolución de
conflictos, la igualdad, la solidaridad y, en general, todos los valores que
hacen posible la cohesión social, se deben promover al interior de las empresas
y constituirse en escenarios propicios para lograr una sociedad civil
organizada.
No se puede
convalidar una juridicidad que es dudosa y mediocre. Hay que apuntar a la
capacidad del Estado para que se convierta en árbitro de los conflictos del país.
Diariamente,
cientos de conflictos se dirimen pacíficamente en los tribunales de los centros
de Arbitraje y Conciliación de las cámaras de comercio; jóvenes de las áreas
urbanas marginadas se benefician de los programas sociales que exploran lo más
profundo de la realidad de sus localidades; cientos de multiplicadores se
formaron en la Cátedra por la Paz que adelantó Confecámaras.
Las cámaras de
comercio colombianas, incrustadas en la realidad regional, aportan decididamente
a la construcción de espacios para la convivencia y el desarrollo económico.
Desde esta tribuna Confecámaras convoca a la sociedad civil en torno a un propósito
colectivo para lograr grandes acuerdos nacionales e internacionales para
alcanzar la gobernabilidad estable en todos los Estados y la cooperación entre
todas las organizaciones de la sociedad civil global, que permita avanzar en el
desarrollo armónico y sostenible demandado por las naciones del orbe.
La empresa
privada debe, hoy más que nunca, impulsar un liderazgo que le permita
convertirse en un órgano activo, propositivo y fiscalizador de las políticas públicas
y sociales.
Estado, empresa
y comunidad pueden interactuar productivamente para lograr una relación gana -
gana. Una sinergia en que la empresa contribuye con recursos, conocimiento,
experiencia, etc. y recibe el reconocimiento de la comunidad, mejora su imagen y
su posicionamiento en el mercado y compartir su responsabilidad con el Estado
para garantizar unas condiciones de vida dignas de hombres y mujeres.
El empresario
debe ir más allá del P y G, debe tener impacto en su entorno y en la comunidad
donde se desempeña. Actualmente el papel de las empresas está pasando de la
caridad, pasiva y paternalista, a la responsabilidad social, dinámica y
proactiva. La relación es ahora más horizontal, de colaboración, lo cual
genera muchos más compromisos a las dos partes, y a la vez, mejores resultados.
En el actual
entorno económico, los empresarios deben reconocer en sí mismos el liderazgo
social y no exclusivamente su liderazgo empresarial. Su liderazgo es vital para
que los procesos políticos, económicos y sociales se den con la transparencia,
efectividad y eficacia necesarias en los países iberoamericanos.
Ya no son
viables las instituciones que piden y piden de un lado, y del otro las empresas
que dan y dan. Ahora, Estado, empresas y comunidad deben perseguir objetivos
claros y actuar unidas para lograr alianzas. Hoy no podemos hablar del papel de
la empresa privada en la comunidad sin referirnos a alianzas y cooperación. Las
empresas deben redefinir muchas de sus prácticas para responder a las
expectativas de la sociedad.
Según los
expertos, el factor que más incide de manera más negativa en el capital social
de una Nación es la desconfianza. Por lo tanto, crear relaciones de confianza
entre la empresa privada y la comunidad en general debe ser uno de los propósitos
más importantes de las empresas.
La transparencia
y la honestidad constituyen el primer paso para generar confianza. Es la
capacidad de aceptar y afrontar lo que somos, para así empezar el cambio.
Exhortamos a los
empresarios aquí presentes para no postergar más aquellas decisiones
empresariales que propendan por un proceso de recuperación económica y social.
Rompamos el círculo
vicioso. No dilatemos más decisiones propias del sector empresarial. A buscar
nuevas oportunidades de expansión y crecimiento, a crear oportunidades, a abrir
mercados, a enfrentar nuevos retos y a repensar un modelo económico con acento
social y con sentido de la equidad.
A los
empresarios les pedimos que enfoquen el rumbo, que tracen su norte, que se
interesen por los temas institucionales. Hay que reinventar la organización
institucional de Latinoamérica y con ella unas reglas de juego. La región
necesita unas convenciones básicas. Requiere unas anclas éticas y de
comportamiento.
Así como suena.
Lo que Colombia e Iberoamérica necesitan son instituciones fuertes. Lo
institucional debe comprometer el rescate de la ética pública, de la ética
privada, el rescate de la política y todo un conjunto de reglas de juego.
No se trata solo
del buen gobierno. Se trata de instituciones fuertes. Ahí está la debilidad de
la sociedad colombiana.
E. Marulanda Gómez es presidente Ejecutivo de la Confederación Colombiana de Cámaras de Comercio - CONFECAMARAS. Miembro del Consejo Nacional de Paz. Autor de los libros Hacia una cultura de paz (1998), Colombia: País de paros, Los verdaderos costos de la apertura, Percibiendo la corrupción, Hacia la Reactivación Económica (1999). Ponencia en el V Encuentro Iberoamericano sobre el Tercer Sector, Colombia, junio 2000.
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