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Pandillas de la globalización
Luis Hernández Navarro
En Tapachula, la ciudad más numerosa de la otra frontera, se viven días de histeria colectiva. Un falso anuncio radiofónico alertando sobre el ataque de maras salvatruchas contra centros educativos provocó el pánico. El pasado 22 de noviembre las escuelas cerraron, los padres encerraron a sus hijos en la casa y los maestros tomaron las calles para protestar. El ataque nunca se produjo.
Ciudad de tránsito de miles de migrantes centroamericanos indocumentados, centro de tráfico de drogas, puerta de entrada para prostitutas que se alquilan en los prostíbulos del sur de México, Tapachula se ha convertido también en territorio de bandas juveniles. Durante el desfile para conmemorar el aniversario de la Revolución Mexicana se produjo una riña en el centro de la ciudad. Los maras atacaron a un grupo de alumnos. La policía detuvo a 34 personas. El temor se apoderó de los habitantes del municipio.
Durante los días siguientes, en distintos operativos policiacos se detuvo a casi 200 presuntos integrantes de la banda y a 47 polleros. Los guatemaltecos fueron deportados.
Pero los maras no son, ni con mucho, culpables de todos los males que se les achacan. Según documenta Laura Castellanos en Masiosare, más de la mitad de los atracos contra los migrantes son cometidos por agentes mexicanos. De las agresiones perpetradas por la delincuencia común, las bandas son responsables sólo en dos de cada nueve casos.
Los maras son pandillas transfronterizas, hijas de la globalización. Una, la MS13, surgió en la década de los 80 en Los Angeles, California, al igual que su rival, la M18, fundada por jóvenes salvadoreños que huían de la guerra. Su nombre: la marabunta; su apellido: el 13, la calle donde nació; la salva-trucha, sinónimo a la medida de "identidad nacional y orgullo de ser abusados".
A raíz de la firma de los acuerdos de paz en El Salvador entre guerrilla y gobierno, las autoridades estadounidenses repatriaron a 5300 salvadoreños, reos incluidos; la simiente encontró campo fértil. Se cree que, al menos 16 por ciento tenían antecedentes violentos. Y rápidamente se expandieron a otras naciones del área.
Sus integrantes tienen entre 12 y poco más de 30 años de edad. Son -las cifras varían dependiendo de la fuente- unos 234 mil salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, estadounidenses y mexicanos. Muchas de sus señas de identidad, los tatuajes incluidos, así como sus códigos lingüísticos se originaron en los barrios de Estados Unidos. Los límites de sus territorios están marcados por grafitis.
Sin embargo, indudablemente su tarjeta de presentación en sociedad es, cada vez con mayor fuerza, la violencia. La brutalidad sin utopía, sin proyecto, se ha convertido para ellos en una forma de vida, en un artilugio de identidad, en un mecanismo de reconocimiento.
Las historias circulan. Al día siguiente de la muerte del joven perteneciente al M18 a manos de un grupo rival, la madre y los amigos del pandillero velaron y enterraron su cuerpo. Veinticuatro horas después del funeral sus enemigos de la Mara 13 desenterraron el cadáver, lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego.
Maras, galladas, pandillas, clicas, chapulines, cholos, bandas son algunos de los nombres con los que se conoce a los grupos juveniles de las barriadas marginales de grandes ciudades. El grupo proporciona a sus integrantes ingresos, auotoestima y solidaridad.
Su fuerza ha alcanzado dimensiones notables. Hace unos cuantos días el gobierno salvadoreño propuso a las maras declarar una tregua para la época de Navidad y año nuevo.
Según Oscar Bonilla, director del Consejo Nacional de Seguridad Pública de ese país, "de lo que se trata es que las pandillas detengan su accionar y adviertan las bondades de la paz, que sientan que la rehabilitación es posible y es por eso que les pedimos a los dirigentes de las maras que están presos que incidan para que paren el accionar delictivo de sus compañeros".
La propuesta gubernamental está siendo negociada con los líderes de las bandas en las penitenciarías en las que se encuentran recluidos. Y entre los puntos de discusión se encuentra el cómo llamarle al impasse pactado de la violencia callejera.
De acuerdo con el funcionario Bonilla "nosotros hablamos de permitir espacio a la tranquilidad de las personas en las calles; ellos, los pandilleros, prefieren el concepto de tregua navideña".
El asunto va en serio. Apenas el pasado 24 de septiembre un grupo de reos perteneciente a la Mara 18 tomó de rehenes a más 40 personas en un penal del departamento norteño de Chalatengo y a otras 60 en la cárcel de Cojutepeque, en las afueras de la capital salvadoreña.
La existencia de los maras está marcada también por el terror en su contra. Entre 1998 y 2000 se registraron -sólo en Honduras- mil menores de edad presuntamente ejecutados de manera extrajudicial. En El Salvador han renacido los escuadrones de la muerte o la Sombra Negra, responsables de secuestros y homicidios de jóvenes. En Guatemala, un promedio de 30 jóvenes de edad son asesinados cada mes, muy probablemente como parte de esta guerra contra las bandas.
Los maras son una variante de la cultura de sobrevivencia de los pobres y los excluidos, de los que habitan los sótanos de los países de la región. Los estudios más serios rechazan que sus integrantes provengan de hogares desintegrados. Muestran, en cambio, que son producto de sociedades fracturadas por la destrucción de formas de vida y convivencia tradicionales, como las centroamericanas. Pero los maras son también expresión y síntoma de las debilidades de las izquierdas. Pueden llegar a ser, además, prefiguración de patrones de conducta de cada vez más amplios sectores de la juventud latinoamericana.
Publicado en La Jornada, México D.F., el 30 de noviembre de 2004. Se reproduce únicamente con fines informativos.
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