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Las ONG, entre la solidaridad y el negocio
Marcelo Colussi
Desde hace ya unos años, y
cada vez en forma más marcada, el término "oenegé" se ha
incorporado al lenguaje cotidiano. ONG: organización no gubernamental. La
designación es amplia; cabe un espectro infinitamente dilatado de
posibilidades.
En sentido estricto, una institución no
gubernamental puede ser cualquier organización no ligada al aparato estatal.
Podría entrar en la categoría, entonces, toda la iniciativa privada, desde una
microempresa unipersonal hasta una corporación multinacional; o una entidad
deportiva autónoma, una fundación, un grupo de vecinos. Pero hay una aceptación
tácita en lo que se quiere decir con el término: si bien están marcadas por
no pertenecer a un gobierno, como las empresas privadas, las ONG tienen la
particular connotación de ser entidades sin fines de lucro ligadas al ámbito
de la acción humanitaria.
Las hay de todos los gustos, colores, tamaños y
sabores. Se las encuentra en el norte y en el sur. Se dedican a las más
variadas cuestiones: desarrollo sustentable, educación, derechos humanos,
salud, promoción cultural, medio ambiente, etc., etc. Viven de diversas fuentes
de financiamiento: colectas solidarias, fondos públicos, donaciones de grandes
empresas privadas. Algunas son minúsculas, casi familiares; otras son monstruos
de impacto mundial que a veces inciden con fuerza considerable en las políticas
gubernamentales de los países donde actúan. En su mayoría son laicas, pero
también las hay vinculadas a iglesias (católicas, protestantes). Por todo
ello, dada esta amplísima variedad, se hace imposible establecer
generalizaciones. Dicho en otros términos: entre las ONG hay de todo,
absolutamente de todo.
Pero hay rasgos comunes que vale la pena
destacar. Por lo pronto, cosa común para todas, son entes creados por vocación
de servicio. No es la ganancia material lo que las genera, al menos en
principio. De todos modos -"la carne es débil" diría un buen
cristiano- la recaída en estos patrones es algo siempre posible, siempre a
mano; y en no pocas ocasiones, más allá de las declaraciones de principio,
termina siendo el lei motiv de las organizaciones. De todos modos, las ONG
siguen siendo uno de los pocos espacios donde, a veces, la mística de servicio
es posible.
El fenómeno de la oenegización -permítaseme el
neologismo- es bastante reciente, de las últimas décadas. Podría decirse que
últimamente va de la mano -quizá no en forma deliberada, al menos no en todos
los casos- de las políticas de reducción de los Estados. Ahí donde estos se
reducen o se retiran, entran las ONG como complemento. A veces, incluso -es
obligado decirlo- como colchón, como bálsamo. Más allá de las buenas
intenciones, no hay duda de que su incidencia es cuestionable, entonces, a
partir de ese escenario fundante: ¿por qué hay que reemplazar funciones que
son inherentes al Estado? Si se lleva el análisis a extremos, esto nos puede
conducir entonces al cuestionamiento de todo el movimiento oenegista: ¿son
realmente imprescindibles estos mecanismos, o están hablando de tendencias políticas
donde su proliferación es funcional por razones que van más allá del
humanitarismo? ¿Quién, entonces, se beneficia de ello?
En algunos temas específicos no hay ninguna duda
de que han sido casi exclusivamente las ONG quienes fijaron agendas y abrieron
debates, contribuyendo a generar políticas públicas; ahí están, por ejemplo,
el campo de los derechos humanos, de la reivindicación femenina, del trabajo
por el cuidado medioambiental, de la prevención del VIH/SIDA. Sin ellas, sin su
esfuerzo, esos asuntos podrían seguir permaneciendo ocultos para los Estados y
también para la sociedad civil.
En otros campos, aquél que tiene más vinculación
con lo económico y social, su incidencia es más baja. No siendo partidos políticos
con proyectos asimilables a esos códigos, guardando en general posiciones
pretendidamente neutras, apolíticas incluso, las ONG tienen un impacto relativo
en cuanto propuesta de transformación social. Aunque existen desde hace varias
décadas, no han sido un genuino contrapeso a los poderes conservadores.
Hoy por hoy el Tercer Mundo está inundado de
ONG. ¿En qué medida su presencia aporta a la equidad mundial? No se puede
decir que no dejen su granito de arena al respecto, pero quizá llama la atención
la desproporción existente entre la cantidad existente y su impacto real. ¿No
sirven entonces?
Insistimos: no es posible generalizar y dar una
respuesta unívoca para un fenómeno tan variado, pero ante lo complejo del
asunto no puede menos que abrirse algunos interrogantes: ¿por qué esta
proliferación casi infinita de ONG? A veces son más las organizaciones que la
población beneficiaria de sus acciones; ello lleva a una sobreoferta de
servicios, quizá innecesarios, duplicando esfuerzos, por tanto desperdiciando
recursos. Aunque se insiste hasta la saciedad con la necesidad de coordinar
entre las que desarrollan acciones afines, una multiplicación siempre creciente
de ong's lo torna difícil, cuando no imposible. ¿Divide y reinarás? Pero ¿quién
divide? ¿Y quién sigue reinando entonces?
Es también parte del discurso oficial del
onegeismo la prédica sobre la necesidad de no ser paternalistas, de no caer en
asistencialismo. ¿Por qué esa machacona insistencia? ¿Se sabrá, sin decirlo,
que el sólo hecho de establecer un circuito donde uno da implica que el otro
recibe, y eso se cierra en sí mismo? ¿No se ayuda con todo ello a generar una
cultura de la dependencia, de la beneficencia? Si tanto se insiste, ¿será que
eso indirectamente nos habla de la dificultad -o imposibilidad- de ir más allá
de la figura de la caridad?
La dinámica que ha ido tomando el mundo del
oenegeismo dio como resultado una masa de técnicos-burócratas que se encarga
de su administración; pero a veces da la impresión que ese universo de población
(clase media, con formación media o universitaria) se autoperpetúa a sí
mismo, por lo que los proyectos para sus organizaciones surgen a la medida de
las mismas más que en función de necesidades comunitarias.
En muy buena medida -casi en su totalidad- las
ONG se inscriben en el campo de la cooperación internacional entre los países
desarrollados y el resto. ¿Constituye la misma un aporte solidario real al
desarrollo de los más pobres y excluidos, o es parte de un mecanismo de
sofocamiento de zonas calientes, "bomberos sociales"? Dada esa dinámica,
¿puede el trabajo de las ONG ser un real instrumento de transformación
estructural, o es un bálsamo, un lenitivo?
Si hay solidaridad y un espíritu justiciero en
el seno de las ONG, ¿por qué se repiten las diferencias abismales entre
trabajadores expatriados y locales? (en sueldos, en beneficios, en proyectos a
largo plazo).
Las precedentes no son sino preguntas
orientativas; de ninguna manera se pretende invalidar el inestimable aporte que
pueden constituir las organizaciones no gubernamentales a genuinos procesos de
cambio, en el sentido más amplio. Que haya deslices, corrupción, injusticias,
aprovechamientos, mentiras y falsedades en su seno no debe sorprendernos; eso es
la condición humana. La cuestión que se intenta plantear es hasta dónde son
un aporte al mejoramiento general. Cuando sólo un 10 % de la inversión en
cooperación al desarrollo de los países ricos llega a la población que debería
recibir ese apoyo, surgen las dudas, ante lo que no deja de ser bueno plantearse
las interrogantes arriba mencionadas. Plantearlas, en definitiva, para ampliar
los horizontes y contribuir a un mejor aprovechamiento de esas instancias
organizadas de la sociedad civil.
M. Colussi, Guatemala. Publicado por La Insignia el 8 de agosto 2004..
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