![]() |
democracia y política para el |
|
desarrollo sostenible en América Latina |
Multiculturalismo. El reconocimiento de la diferencia como mecanismo
de marginación social
José Luis Rodríguez Regueira
Resumen
La
distinción local-global en muchos casos produce un discurso que, en su afán de
denunciar las dinámicas generadoras de desigualdades del capitalismo, y la
necesidad de salvaguardar la diversidad cultural, no acierta a la hora de
"delimitar" las repercusiones de ese capitalismo y contribuye a
legitimar, mediante su visión cartográfica, la idea de control -de lo público
como político- sobre el capitalismo, cuando en realidad son los mecanismos del
mercado los que limitan las acciones desde lo político. Debemos adoptar una
perspectiva más integral que nos permita contextualizar la problematización y
las premisas a partir de las cuales elaboramos nuestros discursos. Nuestro marco
(capitalismo, democracia liberal y una legislación que legitima y sirve de
soporte a ambas) es aquel que dicta las condiciones de posibilidad y en última
instancia define la diferencia. Así, puede que nuestro interés por la defensa
de la diversidad cultural -en su intento desesperado por generar la sensación
de orden- sea un mecanismo de poder que marginaliza, a costa de salvaguardar
nuestro mundo, a un "otro" idealizado al que se constriñe a ser
diferente, obviando la posibilidad de elección, la individuación en
definitiva, como otro de los efectos de la globalización
"La
identidad no deja de ser una especie de juego virtual al que nos es
imprescindible referirnos para explicar cierto tipo de cosas, pero sin que tenga
nunca una existencia real, ... un límite al cual no corresponde en realidad
ninguna
La
mistificación de la diferencia cultural
¿El
multiculturalismo es un espacio para la diversidad cultural o una estrategia de
marginación social? Al hablar de multiculturalismo estamos haciendo uso de una
categoría que ha transcendido el marco académico y de la investigación
especializada, pudiéndonos atrever a afirmar que se ha convertido en una moda
de obligada alusión en los medios de comunicación y los prólogos de toda
publicación que se las pretenda de actual. Aquí revisaremos precisamente este
uso corriente y que establecería una equivalencia entre la tolerancia, uno de
los valores constituyentes de la democracia liberal en lo que a los individuos
se refiere, y el multiculturalismo como espacio de libertad y convivencia entre
distintos grupos culturales: Cuando hablamos de tolerancia tomamos como
referente al ciudadano, mientras que cuando aludimos al multiculturalismo
presuponemos la existencia de comunidades como "personas morales" y,
por tanto, susceptibles de derechos y obligaciones colectivas.
En
ambos casos subyace una concepción diferente de lo público: en la primera,
como espacio que posibilita la individuación sin que ello vaya en detrimento
del interés general, de la sociedad en una concepción puramente durkheimiana.
En la segunda -la del segregacionismo cultural-, estamos asistiendo a un sistema
de cuotas, o democracia "representativa", en que existen unidades
corporativas que prescriben identidad al margen de la "voluntad"
individual de sus representados, situación que ni tan siquiera viene
problematizada. Reflexionaremos, por tanto, en torno a cómo se construyen -el
contexto estructural y actores que intervienen en su definición- esas
comunidades. Otra paradoja, de hecho la sospecha que me ha llevado a reflexionar
sobre el tema, es que bajo eso que llamamos globalización y que a priori debería
desdibujar las fronteras culturales surge un interés por parte de los
mecanismos institucionales hegemónicos para mantenerlas. A la homogeneización
del capitalismo, en tanto productor de consumidores, en el orden económico, se
le contrapone en lo político (público) y la teoría del conocimiento (de lo
social) la exaltación del derecho a la diferencia cultural. Slavoj Zizek
ilustra muy bien en este párrafo el peligro o sesgo que corremos al centrarnos
sólo en uno de
"La
conclusión que se desprende de lo expuesto es que la problemática del
multiculturalismo que se impone hoy –la coexistencia híbrida de mundos
culturalmente diversos- es el modo en que se manifiesta la problemática
opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal.
Dicha problemática multiculturalista da testimonio de la homogeneización sin
precedentes del mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la
imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída
del capitalismo, la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape
en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica
del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran
sobre los derechos a las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los
diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el
capitalismo continúa su marcha triunfal" (Slavoj Zizek 1998: 176).
Este
razonamiento puede ser mantenido tanto a nivel macro, ejemplificado en lo que
algunos han clasificado como relación local-global (Harnnerz 1998: 33) y que ha
devenido punto de mira de una parte significativa de la intelectualidad, y a
nivel micro al dirigir nuestra atención hacía las crecientes oleadas de
inmigrantes que invaden los países del llamado primer mundo. Yo voy a centrarme
en esta última relación -la que acostumbra a establecerse entre
multiculturalismo e inmigración-, tratando de hacer explícitos los axiomas en
los que se basa.
Llamamos
inmigrantes a quienes por razones estructurales -sean éstas económicas, políticas,
psicológicas, bélicas, etc.- se ven empujados a salir de sus zonas de origen
en busca de mayores oportunidades para mejorar su calidad de vida. Hoy en día
también podríamos hablar de inmigrantes estéticos para nombrar a quienes
vienen a los grandes centros urbanos seducidos por el "estilo de vida"
que conlleva lo urbano; desde la atracción que les sugieren las posibilidades
de consumo y la heterotopía propia de las grandes urbes al espíritu
cosmopolita y variabilidad que ofrece la ciudad como escenario que favorece la
"individuación".
Ambas
dimensiones toman sentido en un mundo globalizado y al que los científicos
sociales -y especialmente los antropólogos como guardianes de la pureza del
"otro"- pretenden imponerle límites convirtiéndose en defensores de
la diversidad cultural. Ahora bien, venir a Occidente persiguiendo un sueño
-sueño capitalista no lo olvidemos- hace partícipes a esos "otros",
en cierta manera, de muchas de las dimensiones del contexto en el que nosotros
también tratamos de insertarle sentido a nuestra vida. Pero, una vez aquí, los
discursos que se producen sobre la alteridad únicamente focalizan lo que nos
diferencia, lo que les aleja de nosotros, más que las condiciones de
posibilidad -capitalistas, y no me cansaré de reiterarlo- que les han traído
aquí.
Estos
discursos se construyen considerando al inmigrante de fuera por definición, y
su diferencia se define a partir de su contraposición frente a quienes son del
lugar y representan su "normalidad" cultural. Al aplicar esta distinción
a nivel colectivo fijamos una trampa: presuponemos que existen fronteras entre
nosotros y ellos y, aún más, que es posible mantenerlas a pesar de las
interacciones en un marco - que hemos idealizado como heterogéneo y abierto-
que propone la inorganicidad y recombinación constante de sus posibilidades
para vivirlo. El uso más frecuente del término multiculturalismo y la aplicación
de políticas que se nos aparecen como cómplices de la defensa de la diversidad
cultural van en contra de estas sugerencias cosmopolitas, dibujando, antes de
que el juego tenga lugar, los límites dentro de los que el
"diferente" podrá moverse. El científico social puede contribuir a
legitimar las reglas de este juego, dictadas para preservar las diferencias
entre los dos "grupos", al no denunciar las desigualdades
estructurales que convierten esas fronteras en los límites de su mundo posible.
El derecho a su diferencia como "colectivo" subsume el derecho a su
igualdad como ciudadanos.
Son
muchos los científicos sociales que escriben hojas y hojas sobre un tema en el
que no consideran lo que gente más mundana, empresarios que los explotan y
fuerzas de seguridad que deportan a estos protagonistas de la diversidad
cultural - los inmigrantes- ven con absoluta claridad: son no-ciudadanos, con
menos derechos por tanto, con los que se cuenta y a los que se les hecha una
mano, pues en su país están peor. Su foraneidad será un estigma y un atributo
a la vez. El ser esencialista se impone sobre un tener histórico. Se ocultan
las relaciones de explotación que se esconden bajo esta disimulada liminaridad
mientras nuestro ego se ratifica en un narcisismo cosmopolita y filantrópico
que sitúa en su "propio bien", el de los otros, la crueldad de su
explotación.
El
contexto en el que se desarrolla la elaboración de discursos sobre el
multiculturalismo creo que viene bien ilustrado en este fragmento que pertenece
a uno de las "autoridades" intelectuales sobre el tema, Manuel
Castells. Antes, pero, les advierto y sugiero que centren su atención en como
intenta conceptualizarse la relación globalización-diversidad:
"Nuestro
mundo es étnica y culturalmente diverso y las ciudades concentran y expresan
dicha diversidad. Frente a la homogeneidad afirmada e impuesta por el Estado a
lo largo de la historia, la mayoría de las sociedades civiles se han
constituido históricamente a partir de una multiplicidad de etnias y culturas
que han resistido generalmente las presiones burocráticas hacia la normalización
cultural y limpieza étnica. Incluso en sociedades, como la japonesa o la española,
étnicamente muy homogéneas, las diferencias culturales regionales (o
nacionales, en el caso español), marcan territorialmente tradiciones y formas
de vida específicas, que se reflejan en patrones de comportamiento diversos y,
a veces, en tensiones interculturales.
En
los últimos años del siglo XX, la globalización de la economía y la
aceleración del proceso de urbanización han incrementado la pluralidad étnica
y cultural de las ciudades, a través de procesos de migraciones, nacionales a
internacionales, que conducen a la interpenetración de poblaciones y formas de
vida dispares en el espacio de las principales áreas metropolitanas del mundo.
Lo global se localiza, de formas socialmente segmentada y especialmente
segregada, mediante los desplazamientos humanos provocados por la destrucción
de viejas formas productivas y la creación de nuevos centros de actividad. La
diferenciación territorial de los dos procesos, el de creación y el de
destrucción, incrementa el desarrollo desigual entre regiones y entre países,
e introduce una diversidad creciente en la estructura social urbana" (Jordi
Borja y Manuel Castells, La ciudad
multicultural, 1).
La
distinción local-global en muchos casos produce un discurso que en su afán de
denunciar las dinámicas generadoras de desigualdades del capitalismo, y la
necesidad de salvaguardar la diversidad cultural, no acierta a la hora de
"delimitar" las repercusiones de ese capitalismo y contribuye a
legitimar, mediante su visión cartográfica, la idea de control- de lo público
como político- sobre el capitalismo, cuando en realidad son los mecanismos del
mercado los que limitan las acciones desde lo político. Debemos adoptar una
perspectiva más integral que nos permita contextualizar la problematización y
las premisas a partir de las cuales elaboramos nuestros discursos. Nuestro marco
(capitalismo, democracia liberal y una legislación que legitima y sirve de
soporte a ambas) es aquel que dicta las condiciones de posibilidad y en última
instancia define la diferencia. Así, puede que nuestro interés por la defensa
de la diversidad cultural -en su intento desesperado por generar la sensación
de orden- sea un mecanismo de poder que marginaliza, a consta de salvaguardar
nuestro mundo, a un "otro" idealizado al que se constriñe a ser
diferente, obviando la posibilidad de elección, la individuación en
definitiva, como otro de los efectos de la globalización.
Frente
al estatus adquirido que constituía al individuo libre, en tanto sujeto de
derechos y obligaciones que le ponían en pié de igualdad con sus compatriotas,
la extensión de la lógica liberal le impone a quienes no son los que
homogeneizan (los locales) y a quienes vienen al primer mundo (inmigrantes) una
marca (¿estatus adscrito?); ellos llevan otra cultura, convirtiéndoles en héroes
de la resistencia contra un mundo que obviamos que ya llevan dentro y que no
pueden acabar de digerir pues nosotros les obligamos a conservar una liminaridad
que ni les permite disponer de libertad para disfrutar de las ventajas de
nuestro mundo (desigualdades estructurales socioeconómicas y legales) ni les es
posible eludir un marco en el que están inmersos y en el que su diferencia actúa
como un estigma que les recuerda su anomalía: ser diferentes para no poder
llegar a ser ellos mismos en sus propios términos.
En
lugar de las tendencias universalistas que hacían de la mistificación de la
razón un argumento de legitimación del capitalismo y el colonialismo, resurge
ahora un nuevo colonialismo autorreferencial, en donde la desterritorialización
de los centros de poder no niega la consolidación de un capitalismo que más
que inscribirse en los límites de la relación local/global, vuelve sobre sus
focos originarios desligado del control y límites sociales que desde lo político
le fijaba el Estado-nación. Lo político, ahora garante de la no intervención
neoliberal (de lo económico y no de lo social), pretende mantenerse aquí y
ahora con su nueva función de proteccionista cultural. La teoría del
conocimiento, así como la nueva concepción neoliberal de lo político,
proyecta su nostalgia de un desfasado orden de lo público como colectivo para
marginalizar a quienes son también producto de un orden del mundo inscrito en
un "capitalismo total". Desfocalizado el capital, invalidado el
Estado-Nación como estructura de mediación en una realidad plenamente
neoliberal hemos sustituido al universalismo racionalista como legitimación de
la dominación sobre "los países pobres" -siempre primitivos y más
allá de nuestras fronteras culturales y, entonces, también geográficas- por
el relativismo estético- desligado de las condiciones materiales- y la exaltación
de la diversidad cultural. Amin Maalouf ilustra con este párrafo esta situación
en la que modernización (capitalismo) y diferenciación cultural se mueven en
planos paralelos, aunque ¿no es una falacia aislar la particularidad cultural
del marco capitalista -este sí universal- que dicta sus condiciones de
posibilidad?:
"Para
los chinos, los africanos, los japoneses, los indios o los americanos, y también
para los griegos y los rusos, ... , la modernización siempre ha implicado el
abandono de una parte de sí mismos. Incluso cuando ha suscitado entusiasmo,
siempre ha ido acompañada de una cierta amargor, de un sentimiento de humillación
y renuncia. De una interrogación incisiva sobre los peligros de la asimilación.
De una profunda crisis de identidad" (Maalouf 1999: 95).
Esta
frontera, en cierta manera, devuelve a sus propios protagonistas el peso del
concepto resistencia que hasta hace unos años la izquierda veía en muchas de
las manifestaciones culturales de la llamada "cultura popular". Frente
a la intención de las clases hegemónicas de imponer una cosmovisión favorable
a sus intereses y de la que participasen todos (una concepción hegemónica del
mundo), las clases subalternas trazaban límites a estas pretensiones,
invirtiendo en ocasiones el orden simbólico establecido y, en otras ocasiones,
simplemente manteniendo elementos en sus discursos incompatibles con el ideal
hegemónico, siempre con el fin de dotarle de cierto orden a su existencia. La
falacia consiste en creer que existe un discurso subalterno al margen del
discurso hegemónico, en pretender organicidad en las contradicciones que
ilustraban su resistencia. Se había romantizado su autonomía, trazando una línea
que proyectaba el optimismo de una izquierda que creía que era posible un
cambio del orden social a partir de la vitalidad que representaban esas clases
subalternas en su resistencia (Angelini 1977). Al igual que en nuestro caso, era
el intelectual quien construía una cultura descontextualizada de la que
exaltaba su autonomía, considerando sólo fragmentos de la existencia de
quienes únicamente tratan de vivir (usar sobrevivir es una falta de respeto).
La
película Rocco y sus hermanos,
de Luchino Visconti, es otra manera de ilustrar el tema, sin romper del todo con
muchos de los pre-supuestos de esta intelectualidad. Contextualizada en la
Italia de los años cincuenta presenta la desilusión de una intelectualidad que
ha visto como sus agentes revolucionarios - los campesinos meridionales- emigran
al norte industrial para mejorar sus condiciones de existencia, y cómo, si el
nuevo contexto se lo ofrece, no dudan en aceptar toda mejora existencial
-nosotros ahora le llamaríamos mejora de la calidad de vida- que le ofrezca ese
nuevo medio. Sus relaciones sociales se rehacen en una nueva realidad, llegando
a cuestionar -más que a maximizar, que es como normalmente se nos suele
presentar- el nivel de solidaridad más "primordial" como es el de la
familia. La relaciones sociales son recursos a través de los cuáles discurren
experiencias, expectativas y desengaños, conforman redes de ayuda y de
explotación, y la ciudad, haciendo buena la dicotomía entre sociedad y
comunidad, ofrece a las mismas un marco mucho más denso y complejo. Los
procesos de individuación resultantes no son ni malos ni buenos, sino fruto de
un nuevo contexto que posibilita de una manera sin parangón la fragmentación
de las esferas de actuación en las que interaccionan sus moradores. ¿Es Rocco,
por ejemplo, un esclavo de su "cultura meridional"? Una vez más, y de
eso va este artículo, de lo que se trata es de problematizar el contexto
estructural, es decir, ese capitalismo total escondido bajo esa
"globalización" -como problematización cultural y productor de
legitimaciones del mismo- y las dinámicas que contribuye a generar.
Volviendo
al multiculturalismo, y ahí radica mi tesis que espero que ya haya emergido,
puede que con nuestra actuación más que contribuir a la convivencia
multicultural, al reafirmar nuestra deformación profesional por la preservación
de la diferencia, estemos trazando fronteras a partir de las cuáles se les
presuponen ciertos rasgos culturales a las "comunidades" que
visualizamos que coaccionan el resto de su vida social. La mistificación romántica
de su diferencia no sólo contribuye a esta visualización sino que desplaza el
centro de atención sobre la reivindicación de su igualdad estructural como
ciudadanos -como mínimo legal y con posibilidades de intervenir políticamente
de cara a velar por sus intereses- para problematizar y concentrarse únicamente
en una dimensión colectiva que actúa como telón de acero para quienes quieren
"vivir" gozando de todas las libertades posibles a las que les da
acceso el escenario en que viven.
El
antropólogo, algunos dicen que impropiamente, se ha apropiado de la
"cultura" - la cultura del "otro" principalmente- como
dimensión disciplinaria que nos diferencia del resto de las ciencias sociales.
Y resulta que es esa dimensión, la identidad cultural, la que sirve de eje
sobre el que problematizar la convivencia; o bien su distinta naturaleza
cultural se convierte en la base de un supuesto "conflicto" a regular
o bien pensamos que requieren compensaciones institucionales que contribuyan a
la protección de quienes son portadores de "estilos de vida"
diferentes al hegemónico (discriminación positiva). Esta situación lleva a
algunos autores (Touraine 1995) a recuperar la distinción entre sociedad,
considerándola como al grupo máximo compuesto por ambos sexos y todas las
edades que mantienen entre sí una amplia gama de interacciones sociales (Harris
1981), y cultura, entendida ésta "simplistamente" como código
transmitido de generación en generación a través de los procesos de
socialización y a partir del cual se regulan las relaciones sociales y maneras
de pensar de una comunidad, apareciendo lo económico y lo legal como las
dimensiones sobre las que es posible la convivencia entre estas
"comunidades" que comparten un mismo espacio social. Si bien es cierto
que no se incide directamente sobre la problematización de la diversidad, sino
sobre la construcción de un marco en el que ésta sea posible, se presupone la
existencia de "comunidades" sin reflexionar sobre las razones
estructurales de su aparición. Esta situación reproduce una vez más la
paradoja que contiene en sí el multiculturalismo: en un presente abierto, en
donde el cambio es lo característico, la genealogía -el parentesco clásico y
en oposición a la sociedad durkheimiana- se convierte una vez más en el
continuador de la tradición, de la multiculturalidad (Bestard 1999).
La
identidad cultural se convierte en límite corporativo, en transmisora de
estatus en sociedades aparentemente más fundamentadas que nunca en el contrato
y la individuación. Lo privado se convierte en generador de diversidad, en
constructor de comunidades, mientras el rol de lo público- alejado de las
pretensiones modernas de centralismo, unicidad, universalismo, etc..- consistiría
en regular la convivencia entre esas comunidades. La libertad -hasta ahora vista
por el mito moderno como individuación sin que ello fuera en detrimento de su
contribución al interés general- se ha corporativizado, debiendo ser el
individuo, antes que tal, en primer lugar uno mismo -alguien definido por su
pertenencia a un determinado grupo étnico- y después ciudadano.
Sorprendentemente -como afirmamos al inicio- la idea de "comunidad" en
un mundo globalizado y deslocalizado se impone a la idea de
"sociedad". Aunque, también es cierto que el término sociedad ya no
tiene razón de ser en un mundo en el que los Estado-nación ya no son
estructuras dentro de las cuales se concretiza un determinado tipo de
interacciones sociales, pese a la peripecias de quienes hablan de lo local
-paradójicamente reproduciendo la misma dicotomía comunidad (cara a
cara)/sociedad (Hannerz1998)-.
En
este mundo deslocalizado, en el que todo es posible, pues la
"identidad" - identidad cultural si sólo queremos entender como tal
"esa"- ya no depende tanto de aquello implícito que hemos
interiorizado desde nuestra más tierna infancia, sino que el acceso a todo tipo
de información y de interacciones -que rompen con esos mundos conocidos ligados
a una coordenadas espacio temporales localizadas- hacen de la identidad algo
explícito, algo reflexivo que la convierte en elección más que en algo dado.
Sin embargo, ante la pérdida de consistencia de la identidad, más aún si
hablamos de identidad cultural, muchos científicos sociales se empeñan en
fijar un orden natural, precisamente porque ya no lo es. La teoría social del
conocimiento que sigue definiendo -construyendo- la existencia de comunidades se
convierte así en reaccionaria.
Otros
autores, sin embargo, siguen hablando del mito de la libertad, redefiniendo un
neo-individualismo en el que desaparece la estructura -las comunidades orgánicas
de Durkheim- como fin último al que contribuirían los individuos. La era
posmoralista (Lipovetski 1994) en la que nos encontraríamos inmersos apuntaría
hacia el final de los deberes hacia esas totalidades externas -familia y patria-
con las que nuestros coetáneos -pudiendo ser definidos como narcisistas- ya no
se sienten comprometidos si ello conlleva sacrificar parte de sus sueños
individualistas. Una vez más comunitaristas y individualistas representan
discursos antagónicos, siendo los primeros más afines a la manipulación
reaccionaria de sus enunciados, si bien los primeros pueden ajustarse mejor a la
legitimación de las nuevas dinámicas de ese mismo capitalismo global.
El
reconocimiento de la diferencia como mecanismo de marginación social
Intentaremos
llevar ahora esta reflexión a ese mundo interconectado y globalizado tomando
como punto de referencia esa relación entre multiculturalismo e inmigración a
la que aludimos al principio del ensayo. La inmigración es un fenómeno social
que conviene a receptores (mano de obra) y dadores de inmigrantes (receptores de
divisas internacionales). Esto no es algo nuevo, si tomamos como ejemplo Cataluña
-que es el que mejor conozco- nos daremos cuenta que difícilmente hubiera
podido incrementar su población en casi cuatro millones de habitantes entre
1939 y 1990 sin la incorporación de primeras y segundas generaciones venidas de
todo el estado. Esta situación, traducible a muchos otros contextos, haría
bastante difícil el uso de grupo étnico para referirse a los catalanes ¡Ni
que fueran una tribu! En todo caso se hace referencia a la existencia de dos
comunidades lingüísticas diferenciadas, la castellana y la catalana. Aquí, el
de fuera (aunque sea nacido en el lugar), el castellanohablante en este caso, es
visualizado y participa de una liminaridad que no le permitirá ser catalán en
los términos de los puristas del nacionalismo catalán. Para el nacionalismo
local, los "auténticos" catalanes serían los catalanohablantes,
mientras la barbarie del resto se visualizaría en el registro lingüístico
utilizado. Sin necesidad de polemizar acerca de un bilingüismo que sí funciona
en la calle, lo que resulta falaz del enunciado anterior es su concepción
inventarial de la cultura. El registro lingüístico se aísla del conjunto de
espacios y dimensiones en los que se produce la vida social y se inscribe en una
totalidad que sirve para dotar de identidad y delimitar dos grupos diferentes,
el de aquí y el de fuera. Es una estrategia de exclusión social. Todos,
castellanohablantes y catalanohablantes, disponen del abanico de posibilidades
que ofrece el escenario en que diariamente representan y reformulan el halo de
significados que dan vida y constituyen la realidad del mismo.
El
ejemplo del caso catalán creo que ilustra muy bien los límites de una concepción
inventarial de la cultura, así como los riesgos que los científicos sociales
corremos al tratar de identificar los referentes a partir de los cuales
definimos -construimos- una comunidad. En los años setenta era posible dibujar
en el área metropolitana de Barcelona un mapa en el que visualmente era fácil
distinguir a catalanohablantes y castellanohablantes, mayoritariamente
inmigrantes que por su condición social se habían establecido en el área
periférica de la ciudad y en numerosas ocasiones, en agrupamientos en los que
coincidían gentes venidas de la misma zona y que mantenían entre ellos
relaciones de reciprocidad y solidaridad. Las fronteras lingüísticas tal y
como llegaron a percatarse muchos intelectuales, eran además de clase y geográficas.
Un peligro nada despreciable podría ser el que lleva a considerar a algunos
demagogos esta situación como la constatación de la existencia de dos culturas
diferentes coexistiendo en Cataluña, cuya principal diferencia residiría en el
registro lingüístico, como referente de tradiciones diferentes. En sintonía
con un más elaborado determinismo lingüístico la lengua sería el garante de
la tradición, condensando en sí misma una manera particular de concebir el
mundo. Las fiestas rocieras y la fiesta nacional -los toros- serían marcadores
étnicos de esa diferencia que, si bien se habían adaptado a un nuevo contexto
estructural, expresaban su naturaleza foránea. Ni ellos eran considerados
catalanes, ni lo que hacían sería nunca tratado como catalán, pues la
genealogía de la autenticidad catalana venía preservada por un idioma catalán
que más que medio de comunicación se nos aparecía como límite a la
catalanidad. Esa liminaridad, en otra escala, es una metáfora que ilustra muy
bien esas fronteras que constriñen a "los diferentes" a reproducirse
dentro de las límites de la no plena ciudadanía.
Han
pasado unos años y ya tenemos otra generación de hijos de esos primeros
inmigrantes, gente nacida y educada en Cataluña. Pese a las limitaciones a las
que hemos hecho mención, muchos de esos primeros inmigrantes hicieron fortuna y
se han trasladado a otros barrios que se ajustan más a su nuevo estatus social.
Igualmente, y la especulación urbana ha contribuido paradójicamente al
desvanecimiento de esos límites geográficos, muchas parejas catalanohablantes
se han desplazado a núcleos que la inmigración había convertido en
castellanohablantes, pero que ahora ofrecen un precio e incluso una calidad de
vida que las convierte en alternativa al centro urbano. La escolarización en
los dos idiomas ha favorecido el conocimiento por parte de todos de ambas
lenguas. En definitiva, ya no es posible trazar esas fronteras sociales, lingüísticas
y mucho menos geográficas. Por tanto, podemos preguntarnos, ¿existen o han
existido nunca esas comunidades? Lo que resulta evidente es que son
circunstanciales y, muchas veces, el resultado de la marginación social más
que de su propia voluntad y, sobretodo, de la falta de libertad para participar
de todas las posibilidades que ofrece el escenario en que viven.
Contraponemos
un "nosotros" histórico y cultural versus
un "ellos" exógeno que contiene
en sí y para sí su propia naturaleza cultural. Incluso "comunidades"
que llevan muchos años viviendo entre nosotros se han visto confinadas, y ellas
a su vez han instrumentalizado su naturaleza histórico-cultural exógena para
legitimar sus reivindicaciones de reconocimiento social. Esta frase ilustra toda
la violencia simbólica que el científico social en su defensa de la diversidad
y reconocimiento de derechos de los diferentes encierra. Es posible que los
gitanos, que es el grupo que mejor queda conceptualizado en este enunciado,
proviniesen originariamente de la India, algo de lo que muchos de los diferentes
miembros de a pié de quienes agrupamos bajo la comunidad gitana no tienen
conciencia ni les importa. Ellos, junto al resto de gentes venidas con la
inmigración, constituyen minorías étnicas cuyo reconocimiento no es más que
una visualización de su naturaleza externa y, por tanto, legitimación de su
subordinación con respecto a los límites que impone la sociedad mayoritaria.
Desde
el punto de vista del discurso hegemónico las dos distinciones cognitivas más
significativas a la hora de construir y delimitar la identidad del
"otro" son su procedencia y su cultura, ésta última entendida en su
concepción inventarial y genealógica. Es posible que quienes informan (dan
conciencia y construyen realidad), legislan (dan la base estructural a la
aplicación y legitimación de esa realidad) y aplican (para nuestra desgracia
materializan esa realidad no "académica") medidas en favor de la
convivencia multicultural estén incurriendo, en defensa del reconocimiento de
la diversidad, en una contradicción flagrante con la definición liberal y
democrática de igualdad. Recordemos que el antónimo de diversidad es
identidad, al mismo tiempo que el de igualdad es desigualdad. La segunda dicotomía
suele centrar los debates que toman como matriz las condiciones y constricciones
sociales, mientras la primera sí vendría marcada por matices de naturaleza
cultural, incluyendo las dimensiones existenciales y las trayectorias vitales de
quienes definimos y contraponemos como diferentes.
Nosotros
hemos formado una pareja extraña, diversidad-igualdad. ¡Ellos tienen el
derecho a ser diferentes! Pero, ¿no tienen acaso también el derecho a ser
invisibles al igual que los miembros, estos sí individuos con todo el peso del
término, de la sociedad hegemónica?
Podemos
añorar y reconstruir imaginariamente un tiempo y espacio social en el que, como
si de un puzzle se tratara, "la diferencia" no fuera algo conflictivo,
pues cada "grupo" contaría con su propia parcela para exteriorizarla.
Los nuevos tiempos, la famosa globalización, han roto esa tranquilidad armónica
empujándonos a reflexionar y tratar de construir un nuevo marco de convivencia
en que las "diferencias" son más bien algo que identifica y
estructura las nuevas formas de sociabilidad de nuestro paisaje cotidiano ¿Está
amenazada la convivencia? ¡Por que yo sí que creo en una sociedad
multicultural y plural contestaré negativamente!
Los
procesos de individuación se benefician de esta creciente heterogeneidad que
engloba lo urbano y que se alimentaría precisamente de incorporaciones
culturales de lo más diverso, recombinadas siempre de forma ecléctica. Pero,
¿este tipo de libertad es compatible con lo que estamos diciendo acerca del uso
que se hace de lo multicultural? ¡No! Problematizamos al grupo, a aquello que
lo caracteriza (identifica) y percibimos como amenazado o conflictivo (a eso le
llaman su cultura).
Sin
llegar a debatir acerca de sus derechos como ciudadanos, pues no lo son en
numerosas ocasiones, ¡son inmigrantes! se intenta compaginar su identidad como
grupo, su diferencia con respecto a la sociedad hegemónica, con los principios
democráticos entendidos interesadamente como capacidad de expresar libremente
su estilo de vida. Este planteamiento, en términos únicamente colectivos, añade
límites internos, aquellos principios consuetudinarios que conforman su cultura
y a quienes han nacido en su seno, a sus desigualdades socioeconómicas y
legales con respecto a su situación en la sociedad hegemónica en la que viven.
Se olvida que si se tiene derecho a reivindicar "la pertenencia" a un
determinado grupo, sea político o folklórico, también se tiene el derecho a
salir de él cuando el afectado en cuestión lo crea pertinente. Eso no es
posible si por el hecho de venir de "fuera" son ya portadores de una
tradición que les constituye en su esencia, que marca su diferencia y su estilo
de vida, que debe pasar genealógicamente a las siguientes generaciones.
Pero
si la tradición, el modelo cultural en que vive, atrapa a quienes han sido
educados en él no habría que preocuparse tanto por la defensa de sus derechos
colectivos, sino más bien de que, como ciudadanos en pie de igualdad con
cualquier otro, puedan recombinar y hacer el uso privado que gusten de las
costumbres de sus padres, así como de las de sus vecinos y amigos. No sólo se
trata de reivindicar el derecho a mantener determinadas pautas de su tradición
de origen, como pueda ser el de seguir siendo "ecuatorianos" en
Madrid, sin que ello evite el ser al mismo tiempo madrileño, sino cuestionarse
también por qué nos limitamos a tratar sólo esa dimensión de la identidad,
ignorando que quizás sean colchoneros y fans de Metálica, y que esas
dimensiones son referentes emocionales e identitarios tan o más importantes que
su identidad ecuatoriana. No son sólo ecuatorianos, sino amantes del fútbol y
la música, además de trabajadores de una pizzería, por ejemplo. Pero ¿por qué
hemos convertido en un problema el que sean ecuatorianos? ¿Por qué sólo
pintamos esa característica de entre las muchas dimensiones que dan sentido a
su experiencia vital? ¿Estamos acaso, con nuestro énfasis en esa identidad
cultural territorializada, negando su plena participación de los recursos y
posibilidades que le ofrece el espacio social de Madrid de cara a la formación
de una identidad más compleja y rica?
Lo
cultural (visto como tradición exógena), a partir de su problematización por
un nosotros virtual, deviene conflictivo y confinable. Estas son las dos caras
de una misma moneda que deben empujarnos a la reflexión. Instrumentalizando a
Pierre Bourdieu: tenemos que revisar reflexivamente tanto nuestro arsenal
conceptual como las prenociones a partir de las cuales construimos nuestros
discursos, pues sólo esta actitud nos permitirá romper con una antropología
espontánea que en sus pretensiones científicas no hace más que reproducir el
discurso de poder hegemónico. No hace falta recalcar la importancia que esta
revisión adquiere para los antropólogos y, en especial, para la elaboración
de discursos sobre quienes ya de partida son diferentes y, por ello, objeto de
investigación.
Ahora,
para finalizar, usaré una anécdota que me ocurrió hace unos meses y que bien
merece una reflexión, pese a su cotidianidad. Estaba en la estación de tren de
Tarragona con un amigo y tres "argelinos" (vemos la fuerza del
adjetivo territorial) se nos acercaron para preguntar la vía en la que debían
coger un tren con destino a Barcelona, hacia donde nosotros también nos dirigíamos.
Mi compañero inició una conversación con ellos que se prolongó durante todo
el viaje. Eran tres hermanos que llevaban una semana en el país, y que apenas
nos hubimos sentado nos mostraron los papeles que demostraban su legalidad. Eran
francófonos, aunque uno de ellos hablaba correctamente el español, los otros
dos apenas lo chapurreaban. La conversación discurrió entre estereotipos ¡conocían
mucho mejor que yo cómo estaba la liga nacional de fútbol! Habían venido a
buscar trabajo y disponían de una fotocopia con direcciones y teléfonos de
centros de acogida y las ONG de Barcelona. Nosotros les preguntamos por su país
y ellos enseguida enfatizaron que la situación no era tan mala como se creía
en el exterior y que, a diferencia de los marroquíes, ellos tenían democracia.
Dos de ellos estaban casados y uno nos contó que ahora podría enviar dinero a
su país. ¡Argelia siempre estaría presente en España! Pero la impresión que
me dieron es que estaban bastante desconcertados en un país del que desconocían
muchas cosas. Estaban abiertos a lo que el nuevo marco les podía ofrecer, de
hecho sus rostros y la conversación reflejaba el temor e ilusión que siempre
se vislumbra en lo nuevo. No venían a resistir, así como tampoco nadie creo
que pueda obligarles a renunciar a lo que llevan y dejan atrás, Argelia.
El desenlace le dará un vuelco a este viaje. Era un sábado noche, así que al llegar les acompañamos hasta una cabina en donde llamaron a varios de los teléfonos que tenían, aunque en uno les informaron que, al ser sábado, todos los centros estarían cerrados. No conocían Barcelona y nuestra curiosidad, más cosmopolita que comprometida, ya había satisfecho sus inquietudes. ¿A dónde podían ir para iniciar sus andadas en Barcelona? Mi amigo y yo les orientamos hacía la Plaza de Cataluña en donde les informamos que había muchos más como "ellos" y que ahí obtendrían información y conocerían gente que les podría ayudar en estas sus primeras andadas en nuestro país. Tres días más tarde pasamos por esa plaza y ahí estaban, no nos paramos a hablar con ellos, ¡cada uno ya había encontrado su sitio! En fin, ¿a dónde quiero llegar? Ellos no vienen necesariamente a resistir, sino a "buscarse la vida" y la vida misma debería redefinir las coordenadas en las que su existencia toma sentido. Ahora bien, es la interacción con ese nuevo contexto la que redefine su realidad, de la que su origen argelino debería ser un recurso más -y no un límite que fije su marginación- que puede ayudarles a enfrentarse a ese día a día, en Barcelona.
Bibliografía
Angelini,
Pietro (comp.) 1977 Debattito sulla cultura
delle classi subalterni (1949-50). Roma,
Savelli.
Arroyo,
J. C. 1998 "El reconocimiento de las minorías. De la política de la
diferencia a la democracia deliberativa", Sistema,
nº 142, Madrid.
Barrera,
Andrés 1991 Casa, herencia y familia en la
Cataluña rural. Madrid, Alianza.
Bestard,
J. 1999 Parentesco y modernidad. Barcelona,
Paidós.
Habermas,
Jürgen 1998 Facticidad y validez. Madrid,
Trotta.
Harris,
Marvin 1981 Introducción a la antropología
general. Madrid, Alianza.
Barth,
Frederick 1976 Los grupos étnicos y sus
fronteras. México, Fondo de Cultura Económica.
Borja,
Jordi (y Manuel Castells) 1997 "La ciudad multicultural", La
Factoría, nº. 2.
Cortina,
Adela 1997 "Ciudadanía intercultural: Miseria del etnocentrismo", en Ciudadanos
del mundo; hacia una teoría de la ciudadanía. Madris,
Alianza: 177-217.
Cruz,
Manuel (comp.) 1998 Tolerancia o barbarie. Barcelona,
Gedisa.
Delgado,
Manuel 1998 Diversitat e integració. Barcelona,
Editorial Empúries. (n.p) Cohesió no és
coherencia. De l'espai públic a l'espai comunitari. Universitat
de Barcelona.
1999
El animal público. Barcelona,
Anagrama.
García
Canclini, Néstor 2000 Viejos temas en
nuevos contextos, 5: http://www.unesco.org/issj/rics153/canclinispa.html
Hannerz,
Ulf 1998 Conexiones transculturales.
Cultura, gente, lugares. Madrid, Cátedra.
Jameson,
Fredric (y Zizek Slavoj) 1998 Estudios
culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo. México,
Paidos Mexicana.
Lisón
Tolosana, Carmelo 1997 Las máscaras de la
identidad. Claves antropológicas. Barcelona,
Ariel.
Maalouf,
Amin 1999 Les identitats que maten (per
una mundialitzación que respecti la diversitat). Barcelona,
Edicions La Campana.
Martino,
Ernesto de 1959 Sud e magia. Milano,
Ed. Saggi/Feltrinelli.
Taylor,
Charles 1993 El multiculturalismo y
"la política del reconocimiento". México,
FCE.
Touraine,
Alain 1995 "¿Qué es una sociedad multicultural?", Claves
de la Razón Práctica, Madrid.
Woolard,
K. 1992 Identitat i contacte de llengües a
Barcelona. Barcelona,
Ed. La Mangrana.
J. L. Rodríguez Regueira. Profesor Ayudante de Antropología social y cultural. Campus Los Jerónimos, Universidad Católica San Antonio de Murcia. El presente texto se reproduce con fines informativos y educativos.
_____________________________________________
Democraciasur.com • Ideas y conceptos