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El doble rostro de la sociedad civil
Carlos Strasser
El elogio de las ONG, como naturalmente virtuosas, y la crítica de los partidos, como inevitablemente corruptos, impide una visión constructiva sobre ambos.
Para singularizar con las citadas ONG, empecemos por anotar que su acción ha
sido notoria en materia de derechos humanos, libertades, transparencia, pobreza,
y medio ambiente. Sin embargo, la experiencia más general de las mismas,
englobando aquí a las mayores como a las menores que existen (y las hay muy
muchas, tanto que se hace engorroso hasta clasificarlas), ha dejado un saldo en
rigor triple.
De un lado, su éxito ha resultado evidente, por lo pronto, en "hacerse oír"
en las esferas de Gobierno o, más ampliamente, en las públicas y las
internacionales, así como en conseguir la incorporación en las agendas
respectivas de un buen número de sus propuestas. No pocas ONG, incluso, son hoy
sujetos ya obligados de consulta y participación en distintos órdenes para una
serie de entes gubernamentales o intergubernamentales.
Por otro lado, en la práctica las mismas se han mostrado no sólo más
transparentes sino —con mayor o menor alcance— eficaces y eficientes en una
variedad de emprendimientos relativos a campos antes reservados a la intervención
estatal pura, incluyendo los que ésta atendió en mala forma o simplemente
mantuvo en el olvido.
Más indirectamente, ellas han servido asimismo para activar una conciencia y
una iniciativa "públicas" en distintos sectores de poblaciones y
ciudadanías últimamente cada vez más ensimismadas, si no excluídas, a causa
de factores de sobra conocidos.
Con todo, y en tercer lugar, más allá de que no siempre se las hizo parte, ni
mucho menos, de los diseños y las tomas de decisión "oficiales", dejándoseles,
cuanto más, un papel en la implementación o el seguimiento y control de
distintas políticas o acciones emprendidos por los Estados y/o los grandes
organismos multilaterales de crédito (Banco Mundial, BID, y otros), también
han presentado algunas limitaciones patentes.
En tal sentido, no pocas veces aparecieron o aparecen como entrampadas en las
dificultades típicas de toda organización como tal, empezando por las más
consabidas y finalmente "humanas". Un hecho más que normal, por
tratarse de asociaciones de por sí voluntarias y en buena parte amateur; también,
movidas por la pasión, ideológicamente determinadas, de un tamaño
incomparable con el del Estado, sin recursos automáticos importantes como son
los fiscales o aun los corporativos.
Por un segundo lado, algunas ONG han sabido quedar enredadas en los densos e
inescapables entretejidos que bordan lo más naturalmente, sin interrupción, la
economía, la política y los poderes; hasta clientelizadas o cooptadas por una
u otra de estas grandes maquinarias. Y, por último, no está siempre claro ante
quién res ponden, fuera de sus dadores de fondos y su propia dirigencia.
Los tres respectos señalados nos ofrecen una información y unos análisis
ciertamente nutridos, pero no cierran la respuesta que uno debería procurarse,
ni, tampoco, las discusiones en la materia.
Pongámoslo así: está muy claro que determinadas realidades del mundo
contemporáneo requieren de una vez soluciones. Para no salir de lo fundamental,
se impone, por ejemplo, achicar las flagrantes desigualdades existentes y
conseguir libertades civiles, políticas y sociales reales para enormes números
y contingentes de personas en la miseria, el desamparo o la indefensión; y,
sobre su base o concomitantemente, ir alcanzando una democracia mayor y más
general que la que hoy disponemos, en tantos sentidos limitada.
La pregunta última en la materia se "reduce" a saber dónde está la
sede y quién ha de ser el agente de los cambios que se demandan: poniendo lo
internacional y global aparte, si el Estado, el mercado, o la sociedad civil.
El problema no es sencillo y no extrañará que exista un debate arduo. Los
mismos partidarios más fervorosos y activos de mayores igualdad y democracia
polemizan entre sí. En todo caso, coinciden únicamente en que no puede
esperarse una solución del lado del mercado. En éste es de rigor la
competencia y triunfan, por regla, tan sólo los más fuertes.
Descartado el mercado, aparecen pues la opción entre la posibilidad del Estado
y la de la sociedad civil y la tensión existente entre ambos. Ahora, lo que hay
es que las mismas implican no una sino dos dimensiones. La primera responde a la
naturaleza de cada cual. La segunda, a la situación en que cada cual se
encuentra.
Contra el Estado puede exponerse que —sobre todo en los países periféricos—
desde hace rato se lo ve empobrecido en sus diferentes recursos y capacidades,
por tanto apreciablemente disfuncional, y (pero) siempre el condensador de una
sociedad de clases, desigualitaria, a la que no nivela tanto como contribuye a
reproducir, aun si lo hace de maneras que van "actualizándose" sobre
la marcha de la evolución histórica. Es de ahí mismo que resulta, al fin de
cuentas, el reciente surgimiento más "público" de la sociedad civil.
Sociedad civil que también, antes y al margen de ello, ya ha venido creciendo,
y asimismo pluralizándose y/o fragmentándose, así como tornado más y más
vigorosa e "independiente", siquiera por sectores. Se explica, pues,
que sea desde ella que tiendan en el presente a cubrirse como por reflejo las
falencias e inacciones del Estado en términos de lo que se asume por principio
es el papel propio de éste.
El caso es, empero, que la citada defección del Estado es la del —sin
embargo, todavía— titular más legítimo de la producción de un buen orden
social; es decir, la del único agente que, en tanto realizado él mismo en términos
de su "idea" (si alguna vez lo está o fuese a estarlo de verdad), por
naturaleza o esencia tiene la misión y la posibilidad de trascender los
intereses de los individuos y los sectores o las clases, y de lograr el bien común
a todos.
Pues, precisamente, contra la sociedad civil corresponde argüir que su misma
naturaleza, su consistir en intereses, individuos, grupos, sectores, clases
diferentes, resulta de suyo contradictoria a un tal propósito; lo que se dice
"una contradicción en los términos". Y esto, más allá de que al
momento sea capaz de representar, en defecto del Estado (por unos u otros
actores y vías, aquí o allá) los no menos legítimos derechos de autonomía y
autosatisfacción a que aspiran las personas y los distintos colectivos
sociales.
En síntesis, el actual es entonces un cuadro en el que, en clave de su situación
o realidad, la sociedad civil (ONG incluidas) está llevada y asimismo
justificada, no ya —ni sólo— a vigilar al Estado, sino a acompañarlo y
hasta sustituirlo subsidiariamente en todo aquello de su interés legítimo a
cuyo respecto él se halla en una falta al parecer sin remedio; sin remedio, al
menos, como el inmediato que se precisa en una u otra relación de las tantas
que duelen y urgen social y políticamente. En la otra clave, no obstante, la de
naturaleza, "está cantado" que la misma sociedad civil no llegará
sino y cuanto más muy específica y ocasionalmente a suplir de manera cabal, o
en plenitud, la capacidad que es, en principio, esperable más bien del lado
estatal.
En suma, que bien puede darse la bienvenida a la actividad "pública"
de la sociedad civil y las ONG, pero el Estado, y los partidos políticos (que
son los postulantes para gobernarlo), son en principio irreemplazables. De donde
resulta asimismo fundamental e imperativo el más decidido empeño, no tanto en
sustituirlos, sino en rescatarlos a ambos —Estado y partidos— de su presente
tan lamentable y lamentado. Está claro: la sociedad y el bien común son los
primeros que requieren de ellos. Sólo que, naturalmente, "en forma" y
más legítimos. De todos modos, por lo pronto tengamos las cosas en claro. Y
cuidado con ciertas exageraciones o idealizaciones, no siempre gratuitas.
C. Strasser es politólogo, investigador principal de FLACSO-Conicet en Argentina. Publicado en Clarín, Buenos Aires, 7 octubre 2002. El artículo se reproduce únicamente con fines informativos.
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