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La
amenaza del "omarismo"
Nada es comparable al asesinato indiscriminado o selectivo de personas. Nada disculpa las masacres que se cometen en guerras activas o frías. Pero casi tan grave como acabar con vidas humanas es destruir el legado que la humanidad ha construido. Si se preguntara cuál es el crimen más grande contra la humanidad, uno dudaría entre el holocausto judío, las cruzadas, la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, y muchos otros casos. Pero si la pregunta fuera cuál ha sido el peor crimen contra el legado de la humanidad en cultura y saber, habría un gran consenso alrededor de que éste ha sido la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Ptolomeo, uno de los mejores generales de Alejandro, instituyó la biblioteca en la ciudad que el conquistador había fundado en el delta del Nilo el 30 de marzo del año 331 a.c. Durante varios años la biblioteca sufrió ataques y fue trasladada dentro de la ciudad. Cuando fue destruida tenía más de 700.000 libros que reunían el 80% de la ciencia y civilización griega, sin contar gran parte de la cultura asiática y africana. Expertos afirman que esta destrucción atrasó por lo menos cuatro siglos el desarrollo del pensamiento. Aunque versiones modernas afirman que la biblioteca pudo ser quemada por cristianos, hay mayor consenso en la versión que le otorga la autoría de este acto al Califa Omar. La historia cuenta que cuando tomó la ciudad, el Califa semianalfabeto ordenó revisar la biblioteca. Al recibir el reporte por parte de Amrú, oficial que dirigió la revisión, Omar exclamó: “si esos escritos están conformes con el Corán, son inútiles, y si ocurre lo contrario no deben tolerarse”, acto seguido dio la orden de quemarla. Aunque no es un término técnico, el deseo de destruir el conocimiento escrito bajo cualquier pretexto religioso, político o racial, se conoce como el “Omarismo”. Tal vez no encontraría el conocimiento ser más despreciable que Omar... ¿o tal vez sí?. Durante la incursión del ejército de Estados Unidos y sus aliados a la ciudad de Bagdad fue saqueado el Museo Nacional de Irak. Más de 15.000 piezas, que representaban la historia de 10.000 años de civilización sumeria, acadia, babilónica y asiria, fueron robadas, aunque también vale la pena mencionar que desaparecieron textos islámicos únicos, y tablas del código de Hammurabi, uno de los códigos legales más antiguos de toda la humanidad. Del museo desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos recipientes de oro, máscaras rituales, tocados reales, liras incrustadas de joyas, artefactos invalorables de la antigua Mesopotamia. Sería bastante antiyanqui afirmar que fue el ejército norteamericano el autor del saqueo, pero hay que reconocer que si el presidente Bush no hubiera dado la orden de atacar, lo más probable es que todos los elementos del museo seguirían allí. Pero no es este el único caso, la destrucción de la arquitectura y del legado cultural en la invasión de los nuevos aliados a Irak ha sido una constante. Palacios, fachadas, joyas arquitectónicas, piezas de arte y en general el patrimonio cultural que reposaba en las ciudades iraquíes ha sido arrasado al paso de los “ejércitos libertarios”. El nuevo caso aberrante que acaba de ser denunciado es la destrucción de parte de la ciudad de Babilonia, ciudad cuya fundación no sólo data de la prehistoria sino que fue la cuna de grandes procesos culturales y políticos durante la edad antigua y que recogía en su arquitectura por lo menos cuatro milenios de historia. No de forma gratuita es -¿era?- considerada una de las 7 maravillas del mundo por los jardines colgantes construidos por Nabucodonosor II. El ejército de Estados Unidos destruyó buena parte de los ladrillos de sus calles con sus pesados tanques y utilizó restos arqueológicos para llenar sacos y formar trincheras. Ladrillos con el sello del rey Nabucodonosor fueron arrancados y figuras como los dragones de la Puerta Ishtar fueron estropeados irreparablemente. Esta vez es clara la responsabilidad de los ejércitos aliados en la destrucción de este bien cultural. El Omarismo contemporáneo y el gobierno del no-pensar Dos años después de la invasión el panorama no podría estar más enrarecido. Una incontrolable situación de orden público, la comprobación de la inexistencia de armas químicas, unas elecciones próximas a realizarse sin ninguna legitimidad y el reinado de la violencia que, torpeza tras torpeza, en la enceguecida “lucha contra el terrorismo” se ha convertido en la nueva disculpa del “Omarismo” y se está llevando por delante la historia de la civilización. Frente al no-pensar se está uniendo el odio por lo que los otros piensen o por lo que han pensando en la historia; ante esto la violencia se erige como la única herramienta. El deíctico que es hoy el terrorismo, es un encerramiento de la posibilidad de análisis y es la muerte de la democracia. Frente a algún comportamiento que viole o “atente” contra la trinchera del no-pensar aparece el señalamiento que, parafraseando a Omar, parecería decir: “Si esas personas, su cultura y su historia no piensan como yo, son terroristas y si ocurre lo contrario no deben tolerarse porque ya estoy yo, no necesitamos nadie más que piense”. Francamente hay pocas cosas que diferencian al Presidente Bush de Omar el destructor de Alejandría, salvo que al actual, además de la ignorancia histórica, lo acompaña una rozagante idiotez moral. Los juicios apresurados han llevado a los Estados Unidos a cometer una infamia que podría ser recordada como la destrucción de la biblioteca de Alejandría y el holocausto judío juntos. A nosotros, en este rincón latinoamericano, no nos queda más que aprender. Pero en especial, en este país, la tarea es actuar para que los señalamientos cerrados, sin posibilidad de pensar y una versión particular de la democracia que se está imponiendo, no se pongan por encima de la libertad, del pensar y de la condición humana como pasa cada vez más. Realmente no queremos seguir teniendo la idiotez del Omarismo en casa. C. Córdoba, Alcaldía de Bogotá, Colombia. Publicado por D3E CLAES el 21 de febrero de 2005. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente. |
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