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La política actual es incapaz de enfrentar
a
los nuclearistas
Eduardo
Gudynas El
actual embate a favor de la energía nuclear que se vive en algunos países de
América del Sur avanza aprovechando espacios políticos débiles y
deteriorados. Los promotores de la energía nuclear han logrado el apoyo de
empresarios, académicos, sindicalistas y hasta de los gobiernos que se definen
como de izquierda o progresistas. Los ámbitos de discusión política se han
debilitado y parecen incapaces de asegurar las condiciones necesarias para
debatir seria y abiertamente los riesgos de la energía nuclear. Esto sucede a
pesar de que si bien casi todos proclaman la derrota del neoliberalismo, el
regreso de los nuclearistas está empapado en una lógica mercantil propia del
neoliberalismo y un reforzamiento del viejo paradigma del desarrollo material. La
razón económica prevalece como el argumento central para justificar la
instalación y ampliación de centrales nucleares en Brasil, Argentina y
Uruguay. Es una evaluación económica típicamente neoliberal ya que, por un
lado, está más interesada en aumentar el suministro de energía que en
discutir los usos de esa energía; y por otro lado, es una contabilidad
incompleta en tanto no incorpora los costos sociales y ambientales de las
centrales nucleares. Cualquiera de esos dos factores están en contradicción
con las declaraciones de los nuevos gobiernos progresistas, los que han
insistido en salirse de la estrecha perspectiva de la economía neoliberal y en
enfocar en especial los aspectos sociales.
Centrales
nucleares por izquierda y derecha Posiblemente
el primer síntoma de que las cosas no estaban funcionando bien en la discusión
política sobre la energía ocurrió con el nuevo gobierno de Lula da Silva en
Brasil. Allí se reflotaron los proyectos de grandes represas para generación
hidroeléctrica, no se mejoró sustancialmente la eficiencia en el uso de la
energía, y por si fuera poco, se retomó el programa nuclear, incluyendo el
procesamiento de uranio como combustible de los reactores. Entretanto en
Argentina, el gobierno, sindicatos y empresarios festejaban la venta de un
reactor nuclear a Australia como muestra de un gran éxito tecnológico y
comercial, a pesar de haber aceptado la dramática exigencia de recibir de
regreso la basura radioactiva generada por ese reactor. Semanas atrás el
gobierno de Néstor Kirchner anunció que relanza su programa nuclear: completará
la tercera central nuclear y construirá una cuarta planta. Finalmente, en
Uruguay los sectores políticos conservadores insisten instalar un programa
nuclear, y el actual gobierno de izquierda del Frente Amplio aparece dividido
ante ese tema, donde hay varios sectores que coquetean con la idea de la energía
nuclear. Tanto
por derecha como por izquierda está renaciendo el sueño de la energía
nuclear. Fue suficiente que el barril del petróleo subiera de precio o que el
agua escaseara en las represas para que se volviera a los simples cálculos
contables para defender la obtención de electricidad desde centrales nucleares.
Las diferencias ideológicas se disuelven, y todas esas corrientes parecen
disfrutar del sueño de los átomos atrapados que asegurarán un paraíso energético.
Pero justamente esa defensa que se hace desde izquierda y derecha deja en
evidencia las serias limitaciones de la cultura política latinoamericana actual
para abordar temas complejos como la energía nuclear. A mi modo de ver esas
limitaciones son tan serias que parecen indicar que los ámbitos políticos
actuales son incapaces de enfrentar a los nuclearistas. ¿Qué
está sucediendo con nuestros espacios políticos? En primer lugar, la dinámica
política prevaleciente mira esencialmente el corto plazo. Los ojos están
puestos en el actual período de gobierno; las esperanzas miran a la próxima
elección. Intentar ver más allá de cinco años se hace muy difícil, y
entonces se termina desatendiendo a aquellos que alertan sobre basuras nucleares
que perdurarán por miles de años. Se quieren los beneficios nucleares ya, y
parece imposible pensar sobre el futuro a largo plazo. En
segundo lugar, la política tradicional sigue ensimismada con los análisis económicos,
en especial la rentabilidad económica bajo evaluaciones simplistas donde se
comparan los costos con los beneficios posibles. Sus cuentas casi siempre
favorecen la opción nuclear, simplemente porque los costos no incorporan
cuestiones claves como los aspectos ambientales o la gestión del riesgo. Se
compara entonces unos costos y unos beneficios que están pobremente calculados
y que dejan muchas preguntas sin responder: ¿dónde están los análisis de los
costos del manejo de los desperdicios nucleares durante miles de años? ¿cuáles
son las evaluaciones económicas del uso de enormes cantidades de agua en los
reactores? ¿quiénes están analizando el mercado futuro del uranio –un
combustible más escaso que el petróleo? Como estas cuestiones no se discuten,
el embate atómico despoja la política insistiendo que todo es cuestión de un
análisis económico. En
tercer lugar, todo esto deja al desnudo las dificultades de la izquierda
gobernante en generar un programa económico alternativo. Como esa alternativa
no está a la mano, la gestión económica se ha vuelto tradicional, basada en
medidas tradicionales como el agronegocio exportador. Y ahora se le suma la
energía nuclear. Cuando
se cuestionan estos análisis se responde con un discurso político simplista.
Unos invocan slogans como la “soberanía” energética, el “progreso”
tecnológico, la urgencia de evitar el “atraso”, y así sucesivamente. Otros
reclaman más energía como ingrediente esencial para el crecimiento económico.
Finalmente, no falta quienes juegan con la idea de la seguridad y el control
policíaco para evitar abordar estas cuestiones.
Un
problema con la cultura política Bajo
esta dinámica política no se logran organizar debates serios y sostenidos
sobre los aspectos positivos o negativos de la energía nuclear. Más allá de
los problemas con los actuales gobiernos, también debemos reconocer que los
movimientos sociales están inmersos en esa misma cultura política y quedan
atrapados en dificultades similares. Los nuclearistas han ganado el apoyo de
varios sindicatos, donde todos juntos marchan detrás de la bandera del
crecimiento económico y el progreso; parece ser que bastaría tener una fuente
de trabajo, aunque ella sea en una de las industrias de mayor riesgo como la
nuclear. Los
nuevos movimientos sociales y en especial los ambientalistas se enfrentan
entonces a enormes barreras culturales cuando advierten sobre los riesgos del
sector nuclear. Todas sus alertas y preguntas son tomadas como ataques a la
posibilidad del desarrollo futuro, desacreditándolos como grupos atrasados que
defienden un regreso a la edad de piedra. El
ámbito académico por lo general tampoco no auxilia a los nuevos movimientos
sociales. Por el contrario, muchos de sus actores, como destacados ingenieros y
expertos son entusiastas defensores. Incluso desvirtúan las advertencias
ecologistas: hay más de un universitario nuclearista que defiende los reactores
afirmando que son una “solución” al problema ambiental del cambio climático
ya que sus emisiones de gases contaminantes son muy bajas. Ese razonamiento
demuestra la incapacidad para una evaluación multidisciplinaria ya que nada se
dice sobre los enormes impactos ambientales negativos de los residuos
radioactivos o del uso del agua. Una vez más falla la política
latinoamericana: no logra superar las limitaciones de la ciencia tradicional
dividida en compartimientos estancos, separados uno de otros, donde el ingeniero
no dialoga con el ecólogo. Todos
estos ejemplos muestran que el debate político se ha simplificado y hay muchas
resistencia a las posturas novedosas y que ponen en entredicho el saber
convencional. Muchos gobiernos actuales no sólo no está logrando desmontar
esas limitaciones, sino que algunas de sus posturas refuerzan ese problema, como
por ejemplo rechazar las opiniones divergentes al sentirse como representes únicos
y legítimos de los sectores populares. Bajo esas premisas, el ambientalismo
anti-nuclear sería un “lujo” de las sociedad ricas que nosotros, en la
pobreza, no podemos darnos y debemos asumir el riesgo de esa industria
–razonan estos políticos. El
problema del debilitamiento de los escenarios políticos tiene estrecha relación
con la llamada “delegación democrática”, donde una vez que se ha votado un
presidente, éste y su equipo se creen con el derecho de llevar adelante sus
programas sin necesidad de consultar a nadie más. El parlamento pierde
importancia, las intendencias son relegadas, y la participación ciudadana
apenas se reduce a la información. Se invoca el diálogo pero se reniega la
participación con aquellos que tienen otras miradas, y solo se mantienen
relaciones con los que piensan como él (tal como ha sostenido un ministro del
gobierno Kirchner). De
esta manera una y otra vez caemos en una política que tiene enormes
dificultades en manejar decisiones complejas. No sabe cómo discutirlas, reniega
de quienes piensan distinto, sufre enormes presiones económicas, su horizonte
de tiempo son las próximas elecciones, y así, uno y otro factor, la hace prácticamente
incapaz de enfrentar un problema como la energía nuclear. La prueba está a la
vista: a pesar que la instalación de reactores nucleares es una decisión grave
que envuelve a toda la sociedad, y lo hará por muchas generaciones, ninguno de
los gobiernos del Cono Sur ha promovido un debate nacional. Dramática paradoja
para gobiernos que se definen de izquierda, como progresistas y participativos. Por
el contrario, la autocomplacencia invocando las virtudes propias, y la
insistencia en los sueños de un futuro brillante para cada uno de nuestros países,
hacen que las ambiciones nucleares encajen perfectamente, y pasen a ser un
elemento que poco a poco está siendo aceptado por la gente. Por supuesto que
hay excepciones en esta dinámica, pero lo que interesa en esta nota es
reconocer las grandes tendencias que se están operando en la región. Esa
tendencia es la de una política cada vez más débil y que corre el riesgo de
no ser capaz de brindar las condiciones para enfrentar las propuestas nucleares.
Ya no basta denunciar los efectos negativos de los reactores, el peligro de
accidentes nucleares, el costo de esos emprendimientos y la generación de
residuos. También debemos comprender que debemos generar los espacios políticos
públicos para hacer posible esa discusión.
E.
Gudynas es analista de información en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología
Social). Publicado
en el semanario Peripecias Nº 12 el 30
de agosto 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la
fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |
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