Golpismo consigue nuevo aliento

Valdemar Menezes

 

La ofensiva descarada de los últimos días, armada por las "fuerzas del orden" para deponer al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, a través de un impeachment, y cancelar el registro del Partido de los Trabajadores, impidiéndole que presente candidatos en las elecciones de 2006, adquiere ribetes de gangsterismo, con la farsa montada, a través de la revista Veja, al acusar a la campaña presidencial de Lula de haber recibido U$S 3 millones de Cuba, en 2002.

La hipótesis de la utilización de este tipo de maniobras por parte de la derecha (previsible desde que se configuró la posibilidad de la llegada al poder de una candidatura de izquierda) es la que condicionó la estrategia del PT, en las elecciones de 2002, de ampliar el arco de alianzas de modo de incluir partidos del orden, en el sector aliado, con la idea de enfrentar situaciones como las que llevaron a la caída del presidente João Goulart, en 1964, en Brasil, y la de Salvador Allende, en Chile, en 1971.

Sin embargo, esa justificación no es aceptada por los críticos de la izquierda. Para éstos, la guiñada del PT en dirección a una política desprovista de los referenciales ideológicos originales no es más que la repetición de la trayectoria histórica de los partidos socialdemócratas europeos cuando perdieron todo referencial marxista y se transformaron en simples gerentes del capitalismo, intentando solamente ablandarlos y no substituirlos por otro sistema no explotador y no alienante. Recuerdan que eso ocurrió en décadas anteriores a la hegemonía del actual modelo de globalización. Por ello, insisten en confrontar la situación concreta actual, con el histórico clásico de la socialdemocracia.

En lo que respecta al PT, su decepción fue no sólo por el hecho de continuar, fundamentalmente, la misma receta del gobierno anterior (subráyese que para la actual dirección se trata de una opción eminentemente táctica), sino también por el hecho de que el partido se transformó en un eje de transmisión del gobierno (con el agravamiento de que éste no es un gobierno "petista" puro, sino de coalición) en una supuesta negación a la crítica que el propio PT le hizo a los partidos comunistas. También señalan el debilitamiento de los lazos de relación con los movimientos sociales en favor de privilegiar, en forma casi absoluta, el juego parlamentario (lo que habría llevado al surgimiento del hacer carrera interna, permitiendo que los intereses corporativos de los parlamentarios y del funcionalismo partidario pasasen a prevalecer en la vida del partido); y la renuncia a luchar por nuevas formas institucionales, en dirección de la democracia participativa, aprovechando la apertura dada por la propia Constitución Federal a la democracia directa.

Si esta crítica fuera correcta, ello significaría que habría sido preferible para el PT ser derrotado nuevamente en la elección anterior a deformarse al punto tal de ser puesta en tela de juicio su credibilidad, inclusive su patrimonio ético. Para estos críticos habría sido de mayor provecho el mantenimiento de la propuesta original, defendida en 1989, con el rechazo a realizar alianzas fuera del campo de la izquierda. Esto, sin necesitar abandonar la vía electoral, pero subordinándola a lo principal: la organización de la sociedad, el fortalecimiento y la articulación de los movimientos sociales y la lucha por la radicalización de la democracia. ¿Será así?

Debemos recordar que en 1989 la elección aún estaba bajo la égida de la Guerra Fría, con todas las restricciones posibles para una opción de izquierda consecuente, sobre todo en este Hemisferio. El último que intentara combinar la vía parlamentaria con ruptura del sistema capitalista fue Salvador Allende, y el resultado fue desastroso. En el propio Brasil, el recuerdo del traumático desenlace del gobierno de João Goulart, bajado por los militares en 1964, siguiéndole 20 años de dictadura militar, todavía estaba bastante vivo, e igualmente fuerte estaban todavía las fuerzas que la sostuvieron. Los indicios eran claros de que el establishment no aceptaría tragarse la propuesta transformadora del PT, en los moldes en que se explicitaba, ya que en ella estaba embutida una ruptura inevitable.

En una entrevista dada el mes pasado al diario O POVO (del estado brasileño de Ceará), César Benjamin, uno de los fundadores del PT, que rompió con el partido en 1995 (después de haber actuado en la coordinación de las campañas de Lula a la presidencia de la República, en 1989 y 1994,convirtiéndose en uno de los más agudos críticos del actual gobierno y del PT, desde la izquierda) reconoció que si Lula hubiese ganado la elección en 1989, hubiera habido una crisis institucional en la toma de posesión del gobierno. Eso después de referirse a la amenaza realizada por el presidente de la Confederación Nacional de la Industria, Mário Amato, de que una gran parte del empresariado brasileño iba a abandonar el País; y del aviso sobre la articulación de un atentado personal contra el candidato Lula (informado por simpatizantes del Ejército), sin hablar (decimos nosotros) de la falta de cuadros suficientes para conducir el gobierno, ya que su apoyo se restringía a la izquierda y a los movimientos sociales.

Agréguese a esto, el cuadro de una probable fuga de capitales y de aislamiento del País y se tendrá una visión aproximada de lo que hubiera seguido a la victoria de Lula, en aquellas condiciones. Había, es cierto, el hecho objetivo de que el País disponía, en aquella ocasión, de mayores elementos para una propuesta autónoma, ya que su patrimonio público todavía no había sido privatizado y se podía contar con el vasto mercado interno. Sería, sin embargo, un gobierno de confrontación y de convulsión social, cercado por fuerzas hostiles poderosas, apoyadas por los medios de comunicación. El precio, tal vez, hubiera sido una guerra civil, con desenlace muy dudoso. ¿Hubiera valido la pena? En realidad, sería un paso mayor del que las piernas pueden dar; y su resultado podría ser un retroceso inimaginable desde el punto de vista institucional, puesto que las fuerzas que apoyaron a la dictadura estaban desmoralizadas, pero no desdentadas.

Así, al llegar a las elecciones de 2002, en condiciones objetivas todavía más desfavorables, después de tres gestiones neoliberales que ató definitivamente el País al sistema financiero internacional y lo subyugó a una deuda impagable, y de enfrentarse con una elite todavía más poderosa, respaldada por unos medios de comunicación con un poder manipulador casi ilimitado, se hace difícil cuestionar la estrategia moderada y reformista del gobierno de Lula y del PT, a no ser en lo que respecta a su conformación subjetiva al sistema (prevalencia absoluta de la lógica electoral, debilitando los lazos con los movimientos sociales y su relativismo ético) que trajeron, objetivamente, grandes perjuicios desde el punto de vista político y de credibilidad moral. Fuera de eso, es difícil afirmar con objetividad que sea posible otra alternativa.

Traducción: Daniel Barrantes.
 

Publicado el primero de noviembre de 2005 por Adital. www.adital.org.br. Publicado en nuestro sitio el 4 de noviembre de 2005. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.


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