Imaginando otro mundo,

se empieza a cambiar este  


 

Alberto Acosta

 

Muchas veces por efecto de su duda metódica o simplemente por insuficiente información, gente honesta no cree en la efectividad de los encuentros alterglobalizadores. Es cierto que en estos espacios los análisis, que nutren la protesta, por lo demás justa, todavía priman sobre los de la propuesta. Y que incluso discursos autocomplacientes pueden cerrar la puerta a la crítica, lo cual sería más que lamentable. Sin minimizar ese riesgo, en el 1er. Foro Social de las Américas, que se celebra en Quito, comienzan a consolidarse propuestas alternativas. Justo en ámbitos en donde el discurso dominante masifica su mensaje de que no hay alternativas, afloran respuestas que permiten imaginar otro mundo, paso indispensable para hacerlo posible.

Ante los sucesivos fracasos de los arreglos de la deuda externa y ante la poca efectividad de posiciones discursivas inmovilistas, se consolida la idea de un Tribunal Internacional de Deudas Soberanas, para -en un proceso justo y transparente, con participación ciudadana- enfrentar el sobreendeudamiento. Esto implica establecer un sistema sustentado en la lógica del estado de derecho, en la aceptación de la corresponsabilidad de los acreedores y en principios de justicia que eviten el empobrecimiento masivo, como acontece en la actualidad.

Paso previo para una solución definitiva, en la que se podría prever un arbitraje, será la realización de auditorias para anular las deudas ilegales e ilegítimas, empezando por aquellas deudas odiosas contratadas por las dictaduras. Mientras que para el servicio de aquella deuda negociada en condiciones de legitimidad, habrá que establecer parámetros claros en términos fiscales y comerciales, así como cláusulas de contingencia positivas, para que su servicio no afecte las inversiones sociales y tampoco merme su capacidad de ahorro interno. Aquí surge la necesidad de una nueva condicionalidad en torno a los derechos humanos económicos, sociales, culturales y ambientales.

En paralelo se precisa un nuevo y mejor sistema monetario y financiero internacional, lo que no se resuelve con una reforma interna de instituciones como el FMI y el mismo Banco Mundial. Estos organismos, en tanto instrumento de los acreedores, deben ser repensados y rearmados íntegramente desde foros con legitimidad democrática. Un nuevo sistema de ordenamiento y control financiero internacional, que combata los flujos financieros especulativos y elimine los paraísos fiscales, debe rendirle cuentas a Naciones Unidas. Y toda esta nueva estructura, que incluirá el mencionado tribunal, precisa un código financiero internacional.

Es preciso resaltar el potencial político de esta propuesta. Incluso la (esperada) negativa a este justo reclamo por parte del poder mundial y sus corifeos ratificará que los acreedores no están interesados en desmontar el manejo imperial de una deuda, que -en contubernio con nuestras elites dominantes- durante tanto tiempo y tan bien les ha servido como mecanismo de exacción de recursos y de imposición de políticas. Por tanto, el reto exige un redoblado esfuerzo político que sume fuerzas en el sur y en el norte, pues la experiencia nos enseña que el capital no hace concesiones y que la pelea ante todo es peleando.
 

A. Acosta es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina). Publicado en Diario Hoy, Ecuador, 28 julio 2004.


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